martes, 27 de marzo de 2012

Email del 27 de marzo 2012

Pierre Bonnard, Self portrait in a shaving mirror,1935
Querida:


Hay momentos en los que uno debe ponerse a practicar una especie de ejercicio de conciencia, por llamarlo de alguna forma, e intentar redescubrir la propia identidad. Eso es lo que estoy haciendo desde hace unos días y te puedo asegurar que está obrando milagros en mi cerebro, a estas alturas de la vida totalmente acongojado y en un estado que raya la parálisis total. Si alguien me hubiera advertido hace veinte años que mi status de macho alfa acabaría degenerando hasta una especie de estado semicomatoso auto inducido, le hubiera escupido en un ojo. Sobrevivir lleva consigo ciertas responsabilidades: comprar el pan, responder llamadas telefónicas o limpiar la cocina, pero malvivir es un ejercicio inútil que sólo está al alcance de los cenutrios como yo, que todavía esperan que cada nuevo día sea el definitivo, el único, la jornada sublime que dignifique un futuro próximo e inevitable y al mismo tiempo, repetitivo, sombrío e inconsecuente.

Los años pasan, se llevan con ellos los recuerdos y al mismo tiempo nos regalan arrugas y decadencia, pero mientras eso sucede, el precio de los antidepresivos sube y sube hasta límites insospechados. De repente, llega un momento en que te planteas volver a los orígenes, es decir, morir para volver a nacer, pero por supuestísimo con otra identidad, otro nombre, sin facturas apretujándose en el buzón y con el alma repleta de bondad y mansedumbre. ¿Te imaginas que me reencarnara en sacerdote? Por lo menos la cuestión del sexo sucio la tendría resuelta, pero.... ¿sería capaz de oficiar una misa sin dejar de cagarme en los muertos del ser humano como supremo y único sermón de la homilía?

El tiempo no puede estar parado, lo veo moverse a cada instante, incluso cuando me afeito, por eso me hago tantos cortes en la cara. El Universo se expande, lenta e invariablemente; mientras esta especie de milagro sucede, en algún lugar de la tierra hay un insecto volador que busca con frenesí una flor en la que posarse, un pistilo con el estigma repleto de polen que lo alimente, pero también hay un imbécil malparido que hace la vida imposible a todo el que ose acercársele a menos de treinta metros. Es lo que en mis momentos más bajos denomino "la terrible dualidad del sinsentido". ¿Para qué sirve ahorrar durante meses con el único propósito de comprarte unos pantalones de tergal si luego tienes que plancharlos? Sería preferible acumular la pasta hasta que sea suficiente para comprar una plancha eléctrica de vapor o una de caldera, aunque las primeras tienen la ventaja de que son más económicas, se pueden guardar en cualquier sitio y se calientan en un santiamén.

Si quieres que te sea sincero, estoy bastante cansado de hacerme siempre las mismas preguntas, pues siempre obtengo idénticas respuestas. ¿Por qué la colitis ulcerosa y un calzoncillo de seda son incompatibles? ¿Por qué tengo que descongelar la puta nevera? Alguien dijo una vez que las preguntas nunca son inconvenientes, pero sí las respuestas, por eso, desde ayer me hago las preguntas en croata, idioma del que no entiendo ni una sola palabra, para no sufrir un shock al tener que responderme.


Desde la inestabilidad que provoca la profundidad de los pensamientos, se despide de ti hasta mañana:


Greg