martes, 12 de diciembre de 2017

Email del 12 de diciembre 2017

Pablo Picasso. Breakfast (1953) 

Hace un rato, cuando me tomaba el café con leche que me sirve de desayuno, he tenido unas ganas absolutamente irrefrenables de estamparlo contra una pared. Si no lo he hecho es porque luego tendría que limpiar los destrozos y desde que cumplí la avanzada edad de 55 -de eso hace ya casi 12 meses- me prometí a mi mismo moverme lo menos posible, pensar lo menos posible, hablar lo menos posible y exprimir naranjas lo menos posible. Y hasta ahora he cumplido a rajatabla todas esas promesas. Y otras que no me atreví a prometérmelas pero que las pensé mientras exprimía las 4 naranjas que entonces comprendían la totalidad de mi desayuno. ¡Sí! Lo habéis acertado. El desayuno siempre ha sido muy importante para mí. Cuando todavía era un adolescente inmaduro solía desayunar al más puro estilo americano, es decir, café acuoso, 3 huevos fritos, un buen pedazo de tocino, 4 tostadas con mermelada, brownies y un vaso grande con zumo de pera y piña. El problema, o mejor dicho, lo que me hizo cambiar al desayuno francés, fue que tardaba unas 5 horas en prepararlo y dos en engullirlo, lo que no me dejaba tiempo para ir a trabajar y mis jefes acabaron despidiéndome. El desayuno francés cumplía ampliamente mis expectativas, pues consistía en un pan baguette entero con Nutella, 4 croissants grandes, café con leche y zumo de pomelo. Cuando el médico me diagnosticó diabetes mellitus tipo 2, maldije a los jodidos gabachos y solicité el internamiento en un monasterio famoso por sus desayunos que consistían básicamente en vino sin consagrar, vino consagrado, vino añejo y vino amontillado (con y sin consagrar). Allí aprendí a cantar en un tono totalmente desafinado. Y también aprendí a correr para salvar mi honra. Después de 4 meses de borracheras solo aptas para adultos decidí volver a casa de mis padres, pero mis padres decidieron que lo mejor para mí sería dejarles tranquilos y buscarme la vida y el desayuno de una forma independiente. 

Y la independencia me llevó a la cárcel. Me acusaron de renegar de mi patria, España, de pretender autogobernarme y me torturaron durante 4 días y 4 noches negándome un desayuno decente y sustituyéndolo por una rebanada de pan de molde añosa y un vaso de agua calcárea del grifo. Si gritaba de desesperación, entraba un hombre gordo con un antifaz de color amarillo y rojo y una gran águila negra tatuada sobre su antebrazo derecho y me cantaba canciones patrióticas hasta el amanecer. No desafinaba en absoluto, pero después de terminar cada canción se aplaudía durante 25 minutos y se pedía un bis. En ocasiones incluso bailaba una especie de mezcla entre flamenco comatoso y kazachok poco ondulante, que me recordaba a los movimientos de una grulla retrasada mental que busca con desesperación ser penetrada con cariño por el grullo ganador del festival primaveral de aves desquiciadas del Pacífico Norte.

Afortunadamente me soltaron cuando descubrieron que el vocablo independencia puede tener diferentes significados, pero para entonces yo ya era una piltrafa humana que se arrastraba por las calles mendigando un currusco de pan y un brik de vino tinto Peñasol, Gran duque, Cumbres de Gredos o incluso Don Simón. Ese fue mi desayuno durante 14 años. Hasta que un día vino en mi ayuda un ángel del cielo con forma humana llamada Liliana-Jacqueline Afaraya Tacanahui, que me dijo "no me toques, asqueroso" y se largó corriendo en dirección contraria. Sé que se llamaba así porque en su huida perdió la tarjeta de compras de Alcampo y yo lo recogí y me la comí con gusto y delectación. Ese pequeño y casi inaudible saludo con acento peruano se convirtió en mi salvación. Me senté en un banco del parque y medité sobre mi pasado, sobre mi presente y mi futuro, pero una repentina embolia me envió directamente al hospital para pobres, asociales y sociópatas cohibidos, donde una monja doblada y arrugada midió el tamaño de mi sutura interparietal sin quitarme el gorro de lana y llegó a la conclusión de que, o yo era un genio, o sufría el síndrome de Marfan. 

A veces, cuando me miro en el espejito policromado de bolsillo de mi ex novia, no puedo creerme lo que soy, sobre todo después de haber sido lo que fui. Y fui lo que fui por culpa de perseguir un desayuno saludable, equilibrado, completo y no demasiado calórico, y sobre todo, por seguir unas normas dementes dictadas por esta maldita sociedad que hemos creado para sentirnos un poco menos primates. ¡No he estampado el café con leche sobre la pared, pero debería haberlo hecho! Luego podría haber contratado una esclava búlgara o rumana, de esas que cobran 4 euros al día, para que la hubiera dejado como estaba antes del lanzamiento. Y voy a callarme, porque alguien puede confundir lanzamiento con alzamiento. 

lunes, 11 de diciembre de 2017

Email del 11 de diciembre 2017

Arshile Gorky. The artist with his mother (1926)

Si me fuera dado escoger, preferiría que se me considerase como mamporrero antes que como escritorzuelo, aunque nunca he tenido en mi mano un miembro de caballo. Ni de caballo ni de ningún otro animal o persona. Solo el mío. Y en contadas ocasiones. Todos sabemos que los Dioses no tienen que ir al retrete ni al banco a sollozar por un adelanto de la pensión. Yo, como semidiós, estoy exento de cualquier función corporal excremental. Excepto cuando cometo una falta y soy castigado por el altísimo adjunto del Ser supremo. Entonces, como penitencia, puedo ser sancionado a un par de jornadas con dolencias leves pero molestas como hiperplasia prostática en grado 2 o cistitis aguda. Es en esos instantes cuando no tengo otro remedio que sujetar el órgano viril con la mano izquierda, aunque a veces puedo utilizar la derecha, todo depende de cómo me levante o cuántos días de punición se me hayan asignado.

Pero no quería escribir sobre falos ni sobre mi condición superior y prácticamente definitiva. A decir verdad, no sé qué hago delante de esta maldita hoja de Word. Debería estar vacilando de masculinidad ante divinidades femeninas o incluso hermafroditas. Además, el párrafo anterior es tremendamente apestoso e incoherente. Necesito salvar el texto de una forma determinante y absoluta o la ninfa que me consigue la ambrosía de estraperlo me envenenará.

"Los días pasados en Zurich fueron tranquilos, aunque fríos y desapacibles, por esa razón cuando Ramón Pérez regresó a Valencia pensó que debía extirpar la tilde de la última sílaba de su nombre. De ahora en adelante sería Ramon. Ramon Pérez. Pero mientras más meditaba sobre el cambio, más intranquilo se sentía. El apellido de su padre le producía temblores y calambres. A media tarde salió al jardín a dar su acostumbrado paseo de cuarenta y cinco minutos y veintitrés segundos y se sintió enfermo. Manuel, el jardinero cojo y asmático que podaba los rosales en esos momentos acudió en su ayuda.
-¿Señor, se encuentra bien? Siéntese en el arriate, por favor. -exclamó asustado.
Pero Ramon (sin tilde) no pudo contestarle pues no existía. Nada existía, ni siquiera este zurullo de narración que me acaba de salir. ¡Menuda mierda! No sé por qué razón me martirizo intentando escribir algo, cuando lo que realmente me gustaría hacer es no hacer nada".

Cuando no hago nada, no necesito intentar convencerme por todos los medios de que soy una especie de cruce entre Hefesto y Gracita Morales. Solo no haciendo nada de nada puedo llegar a ser yo mismo. Y siendo Yo, todo resulta más sencillo. No es que crea que soy algo parecido a un perturbado con múltiples desdoblamientos de personalidad, y que no haciendo nada, mantengo encerradas en la prisión del subconsciente las pesadillas psicopáticas que se supone que me atormentan. Porque actualmente lo único que me atormenta es la posibilidad de que un alienígena gris proveniente de dimensiones desconocidas se concrete delante de mí e intente convencerme de que Odilon Redon no fue impresionista simbolista.

Me siento cansado y muy poco inspirado, pero tengo que justificar los dolores del parto de mi pobre madre. Todos sabemos, quizá excepto Ramon Pérez, que las explicaciones no nos redimen. Intuimos que la experimentación constante nos salvará al final del camino. Pero el camino no posee veredas ni bifurcaciones, solo tierra mojada y piedras que constantemente se meten entre los intersticios del cuero bellamente trabajado de las sandalias fabricadas en Taiwan, o quizá China. De las sandalias de un personaje que intenta ir en contra de la trama inventando sus diálogos y aturdiendo al resto de intérpretes que siguen el guión como pueden. Ni siquiera el autor protesta. Su mente está implosionando. Y mientras la rotura engulle lentamente la totalidad de las partes que comprenden el interior, la división de los átomos se interrumpe. De repente, cada una de las pequeñas cosas que conformaban su existencia salen disparadas en todas las direcciones. Mientras la sangre de su cabeza ensucia las paredes pintadas de blanco, los actores y sus roles desaparecen. Nada es lo suficientemente constante como para continuar resistiendo. Los motivos extramentales y las elegías que los protegen se disuelven y la creación que iba a sentar cátedra termina donde comenzó, unas semanas antes.

Las palabras no deberían sustituir a las miradas. Las miradas no deberían estar limitadas por el espacio y el tiempo. El espacio es extensión. El tiempo, sucesión. El significado existe. Siempre ha estado ahí. ¡Nunca aprendimos a relacionarlo con el signo! Pero el signo, aunque no sea más que un indicio, tiende a relevar, a suceder, a transferir un concepto y su representación más o menos genuina. Entonces, cuando eso sucede, lo deseemos o no, estamos hablando de las sensaciones. Y las sensaciones no atienden a normas ni disposiciones. Solo siguen un orden natural que todavía no comprendemos.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Email del 10 de diciembre 2017

Marc Chagall. God creates man (1931)

Estoy escribiendo un relato corto titulado "Amarteración, queratoacantoma, somatología y panecillos topochos" que trata sobre los misterios y las evidencias morales o intuitivas de las masas no fermentadas hojaldradas y que está repleto de poder, lujuria, venganza, mentiras y pasiones desenfrenadas. De momento es tan corto que ni siquiera se podría calificar como narración breve, ya que solo he escrito una palabra compuesta de tres vocales y dos consonantes. No voy a desvelar de qué palabra se trata para evitar plagios, pero puedo adelantar sin duda alguna que este cuento será considerado mi obra maestra absoluta. Nunca, en la historia de la literatura universal, nadie se atrevió a escribir un relato cuyo título es más largo que la propia narración, y lo que es más importante, que con sólo un vocablo consigue reflejar la complejidad de los sentimientos, de la época y de unos personajes desesperados y al borde del colapso físico, emocional e intelectual.

Tego varios conocidos provenientes del mundillo erudito que amablemente se han ofrecido a prologar el texto, pero hasta ahora los he rechazado a todos porque sus rostros son desagradablemente asimétricos. No me interesa la gente fea o antiestética, aunque conservo amistades a las que sería verdaderamente difícil distinguir de un salmorejo poco majado. Si todavía no las he borrado de mi extensísimo círculo de amistades es porque mi mamá no quiere. Y yo detesto encrespar a mi progenitora, mentora y consejera al mismo tiempo. Me encanta cuando me grita "¡Eh, tú, catecúmeno babieco, ven aquí ahora mismo!".

Pero creo que me estoy alejando del punto inicial de mi disquisición, que no es otro que la exaltación de mis valores, de mi ingenio y de mi grandeza existencial. Lamentablemente, no puedo continuar en estos momentos, pues un fuerte ataque del síndrome diarreico agudo que padezco desde hace décadas me obliga a dirigirme con paso veloz al escusado. Volveré pronto. Supongo.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Email del 8 de diciembre 2017

Vincent van Gogh. Head of an old man (1885)

VECINO: Hola, vecino. Estoy helado.
YO: Hola, Roberto. Sí, caray, hace un frío que pela. 
VECINO: Es insoportable. Hasta Bartolín está congelado. Es normal, hay que fregar los cubiertos...
YO: Perdona, Roberto, no te entendí. ¿Tu hijo no se llama como tú?.
VECINO: Bartolín es mi picha. Cada vez que friego los cubiertos y después voy a mear, la congelo.
YO: Ah, ejem, claro. Pues ve a mear antes de fregar ¿no?
VECINO: ¿Me estás vacilando?
YO: Joder, no. Mira que llamarle Bernardín.
VECINO: Bartolín. Bartolín. En honor a mi madre, Bartola. Antes era Bartolo, pero mientras más viejo me hago yo, más joven quiere hacerse él.
YO: Ajá. Bueno, me voy corriendo. Me esperan en la clínica para extirparme el hígado. Que tengáis un buen día ambos.
VECINO: ¡Coño! Que no sea nada, Gregorio...

Dijo Rafael Sanchez Ferlosio, en uno de sus fundamentales libros, que lo más sospechoso de las soluciones es que se las encuentra siempre que se quiere. No puedo estar más de acuerdo. Las soluciones tienen un propósito fundamental, aunque no por ello francamente desopilante: narcotizar las dudas y modificar los desenlaces. Pero si nos aflojamos un poco los pantalones o las faldas, y el riego sanguíneo puede recorrer sin impedimento las venas de nuestros decrépitos cuerpos, comprenderemos que realmente nada tiene solución. N-A-D-A. Todo lo más conclusión. Y hasta donde mis 145 de CI alcanzan, una solución dista mucho de ser una conclusión. Ambos vocablos son realmente sugestivos y terminan con la silaba "on", como anatematización, connaturalización y deslateralización, aunque sus definiciones son verdaderamente desemejantes. Pero existe un problema. O mejor dicho, YO tengo un problema, bueno, tengo varias decenas de ellos -pues llevo la cuenta en una libretita negra de tapas duras- pero solo uno es lo suficientemente inquietante como para quitarme el sueño: el espejo. El espejo que me insulta cada día. El jodido espejo que intenta por todos los medios que tome conciencia de esa figura vieja, achacosa y repugnante que se refleja sobre su superficie pulida, que no es otro que yo. Con o sin circunstancias. Poco importa eso en estos instantes. Si tuviéramos algo de sentido común, tú, él, ella, todos, incluido YO, nos moriríamos antes de haber cumplido los 40 años. Cuando nuestros rostros y nuestro cuerpo todavía conservan atisbos de juventud. Y nuestro cerebro todavía no ha empezado a olvidar los recuerdos escondidos en la memoria.

CAMARERO: Buenos días, Greg. Hacía tiempo que no te veía.
YO: Buenos días. He estado constipado. Pero no te acerques demasiado, todavía llevo una buena turca.
CAMARERO: Se te nota en la voz. ¿Un cortadito con la leche fría y sacarina, no?
YO: No, hoy lo quiero con la leche abrasando, sin sacarina.
CAMARERO: ¿Con azúcar?
YO: Sin azúcar. Ni sacarina. Quiero tomármelo sin avasallarlo. El café me ha hablado esta noche en un sueño y me ha dicho que soy idiota por disfrazar su exquisito sabor amargo.
CAMARERO: Hostias, Greg. Me quitas un peso de encima. Yo también oigo voces. No se lo había dicho a nadie por temor. Ayer una  servilleta me dijo que como soy tan atractivo no llegaré a los 25. 
YO: Jajajaja, cabrón, si ya debes estar cerca de los 40. Déjate de patochadas y tráeme el cafetito que estoy helado.
CAMARERO: No estaba de broma. Y tengo 24 años. Los cumplí hace tres días. Eres un hijo de puta. Me has mentido para burlarte de mí. Voy a mearme en tu puto café, gilipollas de los cojones. 

Como es natural, no se puede negar que la senectud es un periodo -el último- de la decadencia humana. Ese descenso a la Nada que comenzó segundos después de haber salido por la vagina de la persona que dice ser tu madre, haber sentido los gritos de falsa satisfacción del tipo que dice ser tu padre y haber recibido una palmada con muy mala leche de una "cosa" que se llama a sí misma doctor y que se cree Dios por haber estudiado muchos años. ¿Cuántos de nosotros hubiésemos nacido si nos hubiesen concedido la posibilidad de elegir? Con esta pregunta no quiero dar a entender que la existencia es aterradora, siniestra y negativa, porque aunque estoy totalmente convencido de que lo es, quiero que los pocos valientes que lean este texto continúen hasta el final. Soy una puta, lo he repetido en innumerables ocasiones. No me visto con shorts y blusas trasparentes, pero soy una zorra de alto nivel. Los 55 años pasados tienen parte de la culpa. Podría arrepentirme pero no sería más que otra mentira.

DEPENDIENTA: Hola caballero, ¿qué le pongo?
YO: Quiero dos panes de cuarto integrales, dos napolitanas de jamón y queso, dos mini roulet de chocolate, dos tartitas de manzana y una torta salada, por favor.
DEPENDIENTA: ¿Por qué dos de casi todo y una torta salada sola. Mejor te pongo dos de cada cosa...
YO: No, quiero dos panes de cuarto integrales, dos napolitanas de jamón y queso, dos mini roulet de chocolate, dos tartitas de manzana y una torta salada. 
DEPENDIENTA: Me parece que tu pedido es inestable. Si pides dos panes de cuarto integrales, dos napolitanas de jamón y queso, dos mini roulet de chocolate, dos tartitas de manzana, no sé por qué narices no pides dos tortas saladas.
YO: Porque no quiero. ¿Vas a decirme tú lo que tengo que pedir?. Te lo repito: ponme dos panes de cuarto integrales, dos napolitanas de jamón y queso, dos mini roulet de chocolate, dos tartitas de manzana y una torta salada. ¡Una sola!
DEPENDIENTA: Aunque mi mamá siempre me ha dicho que no discuta con las personas mayores, me niego a ponerte una tarta salada. Además hoy es el día de dos por uno en tartas saladas. Compras una y te llevas dos. 
YO: En una cosa tienes razón, soy viejo. Soy casi un abuelito, y podría ser tu tatatatarabuelo, pero quiero dos panes de cuarto integrales, dos napolitanas de jamón y queso, dos mini roulet de chocolate, dos tartitas de manzana y una torta salada. ¡Cojones! ¡Puta mierda ya! Serás joven pero estás agilipollada, nena. 
DEPENDIENTA: No hace falta que me insulte. Ahora se lo pongo. ¡Anda! Si acabo de darme cuenta de que no quedan tartas saladas. 

Durante el invierno de 1980, en un lugar que no viene a cuento para que la narración siga fluyendo, me sucedió algo terrible. Era un día 14 de enero, es decir el día de mi 18 aniversario. Y mientras trataba de robar una pera de un manzano, una imagen semejante a una pérdida de orina celestial y majestuosa se apareció a mi derecha. Durante los 14 microsegundos que duraba la acción de girar el cuello hacia su presencia, otra imagen, esta con forma de catéter doble J se manifestó a mi izquierda, con lo que tuve que decidir a qué lado miraba primero. Mientras tomaba esa decisión tan importante vi pasar toda mi vida, bueno, mis dieciocho años de vida en un instante. Entonces, supe que todo era una mentira. La derecha, la izquierda, el centro, los lados, los márgenes, los flancos, los bordes, el horizonte, las superficies, el plano, la zona, la superficie, las líneas, los trayectos, las orientaciones, las ringleras. Todo existía porque yo quería que existiese. Me había dejado adiestrar por el programa. Por los proyectos. Sin embargo todavía existía el espacio. Y el tiempo. ¿Iba a dejar que toda la basura recopilada por humanos para hacer pequeños a otros humanos dominara mi vida? ¡No! Por esa razón, escuché todo lo que tenía que decirme el cielo, las nubes, el sol, la luna (ah, la luna), las flores, los tallos, las rocas, los bichos (ah, los bichos), la tierra, el fango, el agua -tanto la corriente como la estancada- los sueños (ah, los sueños), la luz, los colores...

VECINO: ¿Pero no ibas al hospital? ¿Ya te han quitado el hígado? Caramba qué pronto te han dado el alta.
YO: Hola otra vez, Roberto. No tengo ganas de hablar con nadie. Me voy a acostar, dejar de respirar...
VECINO: Si no respiras acabarás por morir.
YO: Eso es lo que quiero. 
VECINO: ¿Quieres espicharla?
YO: Quiero desaparecer.
VECINO: Has perdido mucho en los últimos meses. Cada vez estás más viejo. Y se te va la pinza. Deberías buscarte otra novia, comprarte un perro de raza, y si tienes dinero, ir de putas tres veces a la semana. Por lo menos.

jueves, 30 de noviembre de 2017

Email del 30 de noviembre 2017

Gerard Fromanger. Existe (1976)

Querida amiga:

El lunes se publica mi libro "Cómo distinguir casi nada de casi todo" y me empiezo a sentir nervioso. Y cuando me pongo nervioso tiendo a cometer algunas locuras que invariablemente terminan por destruir todo lo que he construido con ahínco en el pasado. La última vez que me puse ansioso asalté la Biblioteca Nacional y borré con un típex todas las consonantes fricativas de los dos únicos ejemplares que se conservan de la primera edición de la primera parte (impresa en 1614) de "El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha" con lo que el texto perdía ingenio y originalidad de una manera considerable. La broma me costó tres años de cárcel y una orden de alejamiento temporal durante18 años a cualquier papelería o establecimiento dedicado a la venta de objetos de escritorio. Dos años antes fui detenido, apalizado y recluido en la clínica psiquiátrica San Jacinto y Santa Almudena por haber intentado intentar en repetidas ocasiones y fallar en todos los intentos. La fallida intentona me costó cuatro años y ochenta y nueve meses de reclusión y el juez que dictó sentencia me escupió en los botines. Desde entonces soy incapaz de calzarme unas botas de ante o tejidas en croché sin santiguarme once veces.

Todo empezó después de que un crítico literario escribiera acerca de mi tratado sobre la repugnancia viril titulado "Mi semen contiene gluten" y explicara cómo le habían diagnosticado cáncer de próstata tras leer los tres primeros capítulos que, según ese tipejo, fueron los únicos que aguantó antes de ir a hacerse un chequeo megacompleto (sic). Aunque para Valentina Sofía, mi primera mujer, eso no es cierto. Según ella mis miedos irrefrenables comenzaron tras verla practicar con leotardos tigrinos la postura de yoga llamada Tittibhasana. Sea lo que fuere, soy un tipo lloriqueante y blandito dentro de un cuerpo musculoso y multideseable. Y no se me ocurre qué hacer para ser un tipo aguerrido y dinámico dentro de un cuerpo musculoso y multideseable. Porque según las últimas encuestas de Metroscopia las mujeres prefieren a los tipos aguerridos y dinámicos dentro de cuerpos musculosos, pues son más multideseables.

Hace cinco días mis convicciones eran más fuertes de lo que son en estos instantes. Necesito volver a tener confianza en mí mismo. O por lo menos, si no soy capaz de tener confianza en mí mismo, me gustaría tener confianza en ti misma. Entonces me quedaría tu armario ropero y todos los trapitos que malviven en su interior y los ofrecería en un mercadito de perroflautas. Luego vendería tu casa y todos los enseres que contiene al mejor postor. Pero creo que vuelvo a divagar. Deben ser los 5 Tranxiliums que me he tomado para desayunar. Sin medicación todo se me hace un todo. Claro que si todo se me hiciera un nada, debería proclamar al mundo mi nueva condición de Illuminati hiperestésico, y eso, me acarrearía un montón de inconvenientes.

Para terminar este correo con salero y garbo, voy a pegarte una parte de un diálogo que escribiré en mi lecho de muerte dentro de 87 años. Quiero que lo leas muy concentrada y extraigas algunas conclusiones.

YO: Me gustan tus zapatos.
MUJER INVISIBLE: A mí me gusta no existir. Si no existo no tengo que aguantarte.
YO: Pero me estás aguantando, luego existes. Yo te he inventado. Soy tu creador.
MUJER INVISIBLE: No quiero deprimirte doctor Lopezstein, pero yo no estoy aquí. Algo que comiste te ha sentado fatal. Eso es todo. Deberías ir corriendo a urgencias.
YO: Me gustan tus zapatos.
MUJER INVISIBLE: Te repites. Ahora comprendo tu afición a la bebida y a los fármacos. Te hacen sentirte alguien totalmente diferente. Ni mejor ni peor. ¿No has pensado nunca en sumergirte hasta la muerte?
YO: ¿Sumergirme hasta la muerte?
MUJER INVISIBLE: Sumergirte hasta la muerte, sí.
YO: Me gustan tus zapatos.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Email del 23 de noviembre 2017

Banksy. Insane clown (2001)

"El ser humano siempre ha atesorado un deseo innato: el de escabullirse. Por esa razón escapa de todos sus compromisos como una gota de una junta o un avaro de sus familiares. La simple idea de concentrarse o aprender le aflige. Está maravillosamente convencido de que es suficiente con creer que lo sabe todo para justificar su aspiración a convertirse en algo similar a una pequeña Nada. Pero la ausencia absoluta es mucho más de lo que podría caber en su cerebrito de mono erguido. Ese que todavía fantasea con olisquear el trasero de su compañera de jaula mientras espera tenerla para siempre abierta de piernas."

El texto anterior lo he escrito esta mañana nada más levantarme. Bueno, a decir verdad, está garrapateado diez minutos después de haberme levantado, tosido y lavado la cara con jabón de pH neutro. El que voy a pegar a continuación está escrito después de haberme comido dos croissants y bebido una botella de Coca-cola Zero de 500 ml. Aunque el contenido es semejante, la diferencia estructural apabulla por su inmensa disparidad.

"El planeta está repleto de seres humanos. Los seres humanos están repletos de granos y los granos no son más que forúnculos asquerosos o tumorcillos epidérmicos. Cada erupción cutánea máculo-papulosa, reticular o escarlatiniforme se asemeja a una pintura de Yves Klein y la vecina sordomuda que vive debajo de Klein divierte a sus amigas imitando a un acordeoncillo estropeado. Es decir: todo sigue su curso. El curso de la huída hacía cualquier parte, por cualquier motivo. No importa la situación. Ni la composición. Y menos la situación de la composición de cada una de las circunstancias que intervienen en el proceso. Lo único verdaderamente necesario es escapar y, a ser posible, a la mayor velocidad."

Ahora voy a incluir un texto que escribí cuando tenía cinco años. El tema es el mismo, la cobardía, pero la ejecución analítico-sintética es completamente arbitraria. Y si no, juzgad por vosotros mismos.

"Mi mama (sin tilde en el original) me mima mientras mi tía (sin tilde en el original) me tutea. El tío (sin tilde en el original) de mi mama (sin tilde en el original) tutea a la prima de mi papa (sin tilde en el original). En mi casa todos se tutean pero nadie se mima. Me gustaría (sin tilde en el original) que mi papa dejara de mimarse a si (sin tilde en el original) mismo y nos mimara a mi mama (sin tilde en el original) y a mí (sin tilde en el original). De momento solo nos tutea. Aunque también (sin tilde en el original) tutea a las amigas de mi tía (sin tilde en el original) y a veces mima a la mas (sin tilde en el original) fea."

Para terminar este texto demencial y desconcertante voy a incluir el primer texto que escribí la primera vez que me dejé bigote. Creo, si no me equivoco, pues la fecha está borrosa, que fue en 1977, por lo que entonces tendría unos 15 años. Por supuesto, el argumento es el mismo que en los pasajes anteriores.

"Me acabo de mirar al espejo y he vuelto a comprobar que mi bigote es magnífico. Cada ocho minutos me miro y confirmo que está donde debe estar. Tengo un amigo al que le desapareció la barba mientras dormía. Por esa razón no duermo más de 21 minutos seguidos, que es lo que tarda un bigote en implosionar. Ayer, mientras caminaba atusándome el mostacho un pocero me dijo que era el tipo más sexy y apetecible que había visto en su vida y que me llevaría sin dudarlo a su pozo preferido y me enseñaría sus herramientas. ¡Cómo me quiero! Y al contrario de la gente que conozco, no me produce miedo quererme de esta manera tan hermosa y sensacional. Podría quererme de una forma asquerosa, pero entonces todo sería diferente y mi maravilloso bigote dejaría de expandirse y tendería a la contracción."

jueves, 16 de noviembre de 2017

Email del 16 de noviembre 2017

Marc Chagall. Peasant with a clock (1968)

Estoy tan solo como Dae-su Oh, aunque yo todavía no veo hormigas. Es posible que en mi Universo particular los insectos hayan sido sustituidos por plantas, sin embargo mis orquídeas son del color de las mariposas. Me gustaría poder situarme en algún lado, pero en mi impreciso aislamiento no existen los emplazamientos determinantes. Solo esas malditas imágenes oscuras proyectadas sobre superficies claras y obtusas, que como estatuas de piedra resquebrajadas por el tiempo necesitan ser restauradas. Me cuesta tanto pensar sin descartar. Sin abstenerme o evitar. Registrando a conciencia lo que nadie puede, debe o necesita garantizar. Sin embargo sé que no debo comportarme de una manera razonable.

Acabo de inutilizar el número 55
Acabo de inutilizar el número 55

Podría haber inhabilitado otros números, pero no me han hecho nada. O si me lo hicieron en el pasado, ya lo he olvidado. Nunca guardo rencor a los sucesos finiquitados. No sería justo. De todas formas, estoy seguro de que el rencor y todos sus sinónimos allegados nunca me transformarán en un ser mejor, más centrado en una serie de objetivos dispersos y menos adicto al infortunio y la desesperanza. La razón ya no es un argumento válido. Nadie que todavía esté en pleno uso de sus facultades mentales va a poder romper esta hoja de Microsoft Word donde intento expresar mi soledad interior, que es la que realmente hace daño. La gente a veces está sola pero no sabe que está sola, porque un gran número de voces discordantes amenizan sus horas y sus minutos. Y por supuesto, sus segundos.

Las manecillas han explotado. El cristal se ha hecho añicos y una pequeña porción se ha clavado sobre las facciones de la eternidad, que como un  juez corrupto acechaba detrás de un recuerdo omitido. Ya no queda tiempo para la absolución. Solo, ese pequeño rastro que nos conduce a ninguna parte. O a la fracción de lo que se suponía era una totalidad trabajosamente infundada. ¡La inmensa variedad de las combinaciones literales me apuñalan! Hace unos pocos años me seducían, pero ahora quieren terminar con el juego. Yo, yo creía que el juego había terminado cuando toda esa serie de argumentos establecidos en la imposibilidad decidieron transformarse en ideas innatas. Es decir, cuando proclamaron su indeterminación mientras reducían a escombros las percepciones generales. O habituales. O circunstanciales. Y trascendentales, estructurales y fundamentales.