domingo, 22 de octubre de 2017

Email del 22 de octubre 2017

Ford Madox Brown. Jesus washing Peter’s feet (1852)

El alma humana es simple, sin embargo los pies sucios apestan.
(Ramón Escrivá Anglada. Bromhidrosis en Nazaret (1975)


Ramón Escrivá Anglada comenzó a escribir el día 17 de marzo de 1979 y terminó de hacerlo el 18 del mismo mes y año. Durante esas 24 horas y 19 minutos escribió 67 libros de filosofía y 21 ensayos experimentales sobre diversas materias, siendo los más conocidos "El adlátere ajumado" -tratado sobre la embriaguez y las 34 maneras esenciales de sobrellevarla sin sentir lástima de uno mismo mientras lloriquea- y "Bromhidrosis en Nazaret" ensayo sobre Jesús de Nazaret, en el que se demuestra que si el hijo de José realmente existió, debió sufrir verdaderos problemas con el olor de pies, ya que en esa época todavía no habían inventado el "Peusek". 

Opino que  he sido demasiado brusco al presentar a un dramaturgo tan esencial a los lectores. Quizá debería intentarlo de nuevo, pero de una forma más tradicional en su exposición, más sosegada...

Ramón Escrivá Anglada nació en Valencia, el 29 de noviembre de 1955 a las 17:34 horas. Según el informe del parto, los profesionales que atendieron a su madre fueron:
-Comadrona: María Prudencia Benitez.
-Obstetra: Adolfo Martí Arellano.
-Anestesista: Carlos Aparicio Berrocal.
-Auxiliares de enfermería: María de las Mercedes Pérez Cabrera, Josefa Contreras Gálvez y Teresa Céspedes Larrañaga.

A la edad de siete años, Ramón se cayó de un columpio fracturándose el tobillo derecho del pie izquierdo (sic) y fue ingresado durante cuatro días en el Hospital Comarcal de los Pobles de l'Horta Oest. Allí fue tratado por los doctores Sento Bayarri Fabregat y Marta Iglesias Cerdá, siendo el escayolista, José Ibañez Gilabert y el Auxiliar de Transporte Sanitario, Bernardo Cuñat Linares.

Pero creo que me estoy extendiendo demasiado. Supongo que si no reduzco esta pequeña biografía puedo llegar a causar serios deterioros en la confianza de los pretendidos lectores, por lo que trataré de ser mas directo y menos renqueante en la forma de relatar los acontecimientos.

Ramón Escrivá Anglada estudió en los Escolapios de la capital y pronto llegó a ser comocido dentro y fuera de los estamentos escolares por sus caídas, lesiones y sus innumerables visitas a las clínicas y hospitales. Se cree que desde el 16 de mayo de 1963 hasta el 19 de julio de 1973, Ramón fue ingresado en 238 ocasiones, aunque según su abuela Genoveva Medina Anglada, alias La matusalena, fueron 237 las veces que tuvo que ser remendado, curado, recompuesto o intervenido. Solo en el mes de enero de 1960 fue ingresado en 36 ocasiones, por lo que en ese año recibió el título de "Paciente del año" otorgado por concejal de Sanidad que en aquella epoca era Sergio Prats Quesada, el mismo que unos años más tarde sería mundialmente conocido por admitir que mantuvo relaciones sexuales con una mujer incompleta.

¡No! Estoy cayendo en los cotilleos y murmuraciones que poco o nada ayudan a que una semblanza avance. Tengo que ser más persuasivo y menos comercial. Poco me importa que los lectores se cuenten por cientos o miles. O por cientos de miles o millones. O por cientos de millones. O trillones. He de bajarme de ese falso cielo que me he fabricado o la caida será tremebunda...

Ramón Escrivá Anglada se licenció en ciencias de la actividad física y el deporte el 22 de agosto de 1976 y rápidamente fue ingresado aquejado de Fiebre tifoidea. Mientras se debatía entre la vida y la muerte tuvo un ramalazo de conciencia y decidió vivir, hecho que, según el doctor Gregorio Calvo Cifuentes, ocasionó tal enfado descomunal en La Muerte que tuvo que ser entubada y sedada para permitir el paso de oxígeno entre la capucha de la cogulla y el cráneo. Cuando Ramón abandonó el hospital tomó un par de decisiones trascendentes, pero lamentablemente ninguna de ellas ha llegado a conocerse.

Por alguna extraña razón no puedo llegar a concentrarme. Está claro que redactar biografías no es lo mío. Hubiera preferido que me contrataran para razonar sobre los tripodios dactílicos catalécticos y sus dudas razonables cuando no son acompañados por uno o varios tripodios yámbicos. Pero la pasta es la pasta. Así que no me queda otro remedio que continuar...

Ramón Escrivá Anglada se casó con Dorotea Alcarria Sánchez el 20 de noviembre de 1978, justo un mes después de sufrir un ataque de pánico al ver a su endocrinólogo copular con su uróloga mientras su psiquiatra aplaudía y solicitaba un bis. Más tarde se supo que la fornicación solo tuvo lugar en su cerebro y que esos reputados especialistas jamás se aparearían de esa forma tan sicalíptica y libidinosa sin antes haber pasado por caja. 

Creo que estoy dejándome en ridículo. Trato de escribir sobre ese fulano pero mi espíritu está a miles de kilometros de tantos y tantos galenos, enfermedades y cifras desbocadas. Yo soy alguien muy adorado en la profesión. Y según mi esposa, un hombre excepcionalmente sexy y dinámico hasta un punto dificil de creer. ¡Y me estoy vendiendo! Me vendo por cincuenta céntimos el vocablo. ¿Soy una puta? Claro que lo soy. Y de las más viciosas y pervertidas. No voy a continuar con este despropósito. No voy a terminar esa maldita biografía. Que se joda ese lunático de Ramón Escrivá Anglada y que se joda su abuela Genoveva Medina Anglada, alias La matusalena. Mi dignidad está por encima de cualquier precio. Y si alguien pone en duda mis palabras que le pregunte a mi madre, Susana Plana Millán o a mi padre Roberto Manrique Tovar.

viernes, 20 de octubre de 2017

Email del 20 de octubre 2017

Paul Gauguin. The dreaming (1892)

Las sensaciones inmanentes se agravan durante la vigilia. Mientras duermo, sueño. Y al soñar los sentidos fabrican representaciones de dudosa calidad existencial. No son reales, pero tienen la cualidad de emocionar cuando las recordamos despiertos y lúcidos. Pero no solo son capaces de conmovernos o estremecer cada centímetro de nuestra carne, nuestra piel, músculos o tendones sino que, en numerosas ocasiones, se convierten en nuestro asenso más directo a la representación de una o varias falacias bellamente trabajadas. Al igual que los recuerdos, los sueños se desbordan en la memoria. Y mientras rebosan se moldean, se transforman al gusto de cada emisor, que no es más que un consumidor. Un cliente de mentiras diseñadas a la carta. Un consumidor de alteraciones adulteradas que al igual que un heroinómano, necesita sentirse muerto mientras vive. Pero mientras el adicto a los opiáceos ha decidido acabar con todo de la manera más lenta y dolorosa, el necesitador emocional, sensitivo o, como quiera que pueda ser denominado este tipo de sujetos, intentará por todos los medios a su alcance convencer al resto de que lo único que le importa verdaderamente en esta vida es vivir eternamente. ¡Malditos imbéciles! ¿No se dan cuenta de que cada una de las contradicciones que anidan y malviven en sus interiores son como esos malditos entimemas que no tienen silogismos a los que aferrarse?

Yo soy yo. Por lo menos así era antes de dedicar mis horas a meditar en lo que acabaré convirtiéndome si sigo creyendo realmente que siempre seré yo. Yo soy yo, pero no fui yo, sino algo parecido a un yo subordinado a voluntades externas. Pero, aunque puedo llegar a saber cómo es mi yo actual y cómo pudo ser mi yo anterior, carezco de la inteligencia pragmática y clarividente que me permita dibujar las sombras y las luces del yo que todavía no ha sido. Y que puede que nunca exista. Porque aunque dentro de un segundo mi yo actual permita graciosamente paso al yo futuro, nunca dejará de permanecer en este Ahora inmediato. Somos Ahora. ¡Mierda, somos ahora! Nunca seremos ayer ni mañana. Nunca podremos ser diferentes. Quizá seamos capaces de engañar a nuestras percepciones.


Mi padre está convencido de que siempre seré el mismo gilipollas. Mi madre cree que mi alopecia es debida a mi manía de pensar tanto (y a mi mal carácter). Mis hermanos se ríen de sus gracias mientras me dan palmaditas en la espalda. Mi tía, la hermana de mi padre, está muerta, pero aún así estoy seguro de que piensa que soy mi propio enemigo. ¿Piensa eso? Me importa un carajo que un cadáver posea la facultad de pensar, pero si esa jodida cree que por el mero hecho de dictar sentencias de ultratumba va a hacer que mis opiniones sobre ella cambien, lo tiene bastante complicado. Yo sigo siendo yo. Sin las circunstancias. Con ellas solo soy un niñito que gime. Yo soy yo. Podría ser tú, él o alguno de vosotros, aunque entonces todo sería una inmensa y agobiante mierda y tendría que asesinarme. Y morir es superdoloroso. Y no es que siendo el yo -inefable e inevitable- de siempre sea el paradigma de la felicidad extasiante, es que si tuviera que ser vosotros, tendría que prepararme. Pero, ¿quién puede estar preparado para ser vosotros? Ni siquiera vosotros.

ORACIÓN

¡Tengo arrugas en la camiseta de algodón!
(Oh, perdónanos señor).
-¡Tengo arrugas en el corazón!
(Oh, perdónanos señor).
-¡Tengo arrugas en los testículos. Y os aseguro que son mis testículos, no los de Jehová!
(Oh, perdónanos señor).
-¡Tengo arrugas en las arrugas!
(Oh, perdónanos señor).

-¡Oh, perdónanos señor!
(¿Por las arrugas? ¿Por las arrugas en la camiseta de algodón?)
-¡Oh, perdónanos señor!
(¿Por tener arrugas en el corazón?)
-¡Oh, perdónanos señor!
(¿Por tener arrugas en los testículos? ¿Aunque no sean los testículos de Jehová?)
-¡Oh, perdónanos señor!
(¿Por tener arrugas sobre arrugas?)

jueves, 19 de octubre de 2017

Email del 19 de octubre 2017

Jackson Pollock. Number 7 (1949)

Estoy negociando con la sensación de asco. Ella no se compromete y yo le permito algunas bagatelas. De esta manera nos evitamos someter a plebiscito si se queda en mi interior, o por el contrario debe procurarse otro cuerpo. Puede que algunas personas no comprendan la importancia que representa para mí poder sentir repugnancia. Y me gustaría dejar claro que mis palabras no forman parte de una percepción ingenua o de una monumental boutade, sino de una necesidad absoluta. Por supuesto, convendría clarificar que el fundamento de la necesidad puede estar sujeto a diversas explicaciones. Aunque no será ahora, ni seré yo quien esclarezca el asunto, pues todavía tengo que pelar los pimientos. ¡Siete kilos de pimientos! ¡No entiendo nada! Hace un rato he ido a una frutería a comprar kiwis, pues van muy bien para alguna de mis funciones corporales excrementales, y he acabado comprando los pimientos, pero también siete lechugas, siete berzas, siete calabacines, siete escarolas y seis -solo les quedaban seis- endibias. ¡Y no he comprado los kiwis! Y cuando me he marchado me han dicho "Adiós", "Adiós guapo" o "Adiós supermegaguapo" siete empleadas del establecimiento. Una de ellas de unos setenta y siete años.

Tengo siete propuestas. Pero también tengo siete picores diversos. Las propuestas son secretas, sin embargo, los picores son un incordio. Me gustaría tanto que cada propuesta se largara con uno de los picores y los incordios se aliaran con la sensación de asco de la que hablaba en el primer párrafo. Por cierto, me niego a que este texto esté formado por siete párrafos. Pero una cosa es "no querer" hacer algo, y otra "no poder dejar de querer" hacer algo. A primera vista, ambas locuciones pueden parecer más o menos semejantes, pero si nos fijamos bien repararemos en que (sobre todo los elementos humanos mayores de siete lustros) necesitamos volver a visitar con urgencia a nuestro oftalmólogo favorito.

La loba tenía cinco lobitos, no siete. Trimalcio tenía tres tristes tigres, no siete tristes tigres que traviesos triscaban trigo en un trigal. Y ese tipo que tenía tres ovejas en una cabaña, tenía tres ovejas en una cabaña, no siete ovejas en una jodida cabaña. Y punto. ¡Las cosas son como son! El número siete forma parte de mi enfermedad mental privada y exclusiva. Yo tengo los derechos y si a alguien le fastidia, que la tome con el ocho o el nueve. Está claro que no son tan dinámicos como el siete, pero con un poco de inteligencia emocional se puede hacer que el ocho parezca el nueve y que el nueve se asemeje al ocho. Pero si el ocho se parece al nueve, para qué queremos el verdadero nueve? Aquí hay algo que no funciona...

La sensación de asco me acaba de enviar una notificación firmada por la totalidad, menos siete, de sus componentes neuronales. En ella me indican que si vuelvo a saltar a la pata coja por la calle delante de más de siete testigos, acabarán por largarse de mi cuerpo y transformarse en una divisibilidad insatisfecha dispersa.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Email del 18 de octubre 2017

Richard Mortensen. Movement in nature (1938)

Mi cuento corto titulado "Los movimientos apropiados" ha acabado en la basura. Ha sido realmente un movimiento apropiado el que ha deslizado ese montón de mierda, desde la carpeta donde aguardaba un millón de correcciones, a la siniestra papelera de reciclaje. Y va a ser otro movimiento, seguramente todavía más apropiado, el que deposite cuatro o cinco comprimidos de un gramo de Clorazepato dipotásico en mi gaznate. Pero antes de rendirme al dios de los ansiolíticos quiero dejar claro que no existen los movimientos apropiados. Todo lo que he escrito en las tres primeras líneas no es más que una miasma de sandeces. Por esa razón voy a tragarme esos malditos derivados de las benzodiazepinas. Porque no tengo los suficientes cojones como para llevar hasta el límite una idea, por estúpida que esta sea. Si existieran de verdad esos movimientos apropiados, yo no tendría tan poca personalidad como tenéis vosotros. Y eso que vuestros inmundos movimientos apropiados no son ni la mitad de apropiados como son (o parecen) los míos. O mejor, como fueron los míos, cuando creía en la conveniencia de cualquier tipo de movimiento. ¡Aunque fuera renqueante, sosegado o excitado! Claro que desde entonces hasta hace cinco minutos mis ideas han cambiado y todo lo que antes me parecía adecuado ahora me produce escalofríos.

Pero también me produce escalofríos esperar que se produzca un cambio. Un cambio que termine con cualquier circunstancia invariable. Con cualquier respuesta conocida. En definitiva, que consuma esa maldita dejadez que nos singulariza. Desgraciadamente, sé que todo seguirá siendo como es, como fue y probablemente, como será. Sin transformaciones ni metamorfosis. Sin suposiciones pero con fingidas probabilidades. Gracias a ellas, nos levantamos cada mañana y nos acostamos cada noche. Y solo por ellas intentamos narcotizar los sentidos con el vano espejismo de que todo tiene que cambiar. ¿Todo? ¿Acaso vuestras ilusiones han crecido o menguado desde el primer día que las fabricásteis? ¡No! Son absolutamente iguales. Tantos años para, al final, no haberos desplazado ni un puto centímetro del lugar donde prometísteis que nunca todo sería "el mismo movimiento apropiado" de mierda. Sí, ese movimiento que se repite mientras transforma cualquier "Todo", grande o pequeñajo, en un montón de "Nada" o de "nadas".

Mientras escribo sobre ese tipo de movimientos apropiados, otro movimiento, desde luego inapropiado del todo, ha hecho que se me rompa la cremallera del pantalón. Si me hubiese sucedido ayer, seguramente me hubiera ido corriendo al aseo con una toallita de papel de celulosa en una mano y una foto de Charlize Theron desnuda en la otra. Pero hoy estoy contento. Dentro de un rato unas cápsulas mágicas crucificarán cualquier atisbo de distonía neurovegetativa. Entonces me sentiré maravillosamente intoxicado y me importará poco o nada quienes sois, para qué diantres servís y cuales son vuestras inquietudes o realidades. Dentro de unos minutos cada error pasado se convertirá en un error que no ha existido. Y lo que no existe no se mueve, ni apropiadamente ni de ninguna otra manera.

lunes, 16 de octubre de 2017

Email del 16 de octubre 2016

Wassily Kandinsky. First abstract watercolor (1910)

Mi vida está totalmente deshidratada. Intento ponerla a remojo, pero entonces se arrugan los días. Es extraño, dicen que no existe el vacío realmente vacío, sin embargo yo guardo uno y lo relleno cuando puedo. A veces siento que no pertenezco a ninguna parte. Otras estoy convencido de que todas las partes, incluida esa "ninguna parte", no son más que una fracción de un Todo accidental y relativo. Por esa razón creo en la ausencia absoluta que define a la inexistencia. Pero también creo en las taranzanas topochas, aunque no sé para qué diantres pueden servir. Desde luego, no para hacer avanzar este jodido texto.

En mi casa no tengo sillas, así que cuando estoy cansado me siento en el suelo. Pero el suelo intenta evitarme. A menudo me sugiere que me siente en el techo y dé un respiro a las baldosas. Pero las baldosas tienen su propia opinión y, aunque están cansadas de aguantar mis posaderas, creen que es algo que forma parte de sus propios destinos y que el suelo debería medir sus palabras. Pero el suelo les contesta que, como superficie que las soporta, es él el que tiene derecho a la decisión final, sin buscar ninguna clase de consenso. Entonces las baldosas se ponen a discutir unas con otras y la situación acaba por tomar un cariz cómico. Cuando eso sucede, yo suelo engancharme en una alcayata con aspecto de metal hastiado que permanece incrustada en la pared y que ha llegado a un punto en la vida en que le importa todo un bledo.

¡Me gustaría tanto largarme! Pero por otra parte, necesito quedarme en el mismo emplazamiento. Solo permaneciendo mantengo el deseo de marcharme. Si me ausentara, aunque fuese por unos segundos, no podría regresar. Quizá por eso me retengo. Pero ¿debería seguir persistiendo? La verdad es que carezco de una respuesta coherente, así que prefiero dispersar las palabras, pero también los números, los modos y los tiempos. Podría trasladar la inmensa variedad de combinaciones que pueden adoptar cada una de las voces, pero entonces sería preciso que dotara de mayor precisión a cada incidente circunstancial. Y por supuesto, debería contar con el beneplácito de "ninguna parte", con la simpatía de las taranzanas topochas y el conocimiento adquirido de las baldosas, el suelo y esa alcayata metálica que seguramente morirá aburrida.

domingo, 15 de octubre de 2017

Email del 15 de octubre 2017

Giotto. Foolishness (1306)

Me gustaría dirigir algunas palabras de disculpa a la gente que pueda leerme habitualmente, si es que existe alguien que se atreva a perder su valioso tiempo leyendo mis lloriqueantes y orgiásticos delirios más profundos. La verdad es que me siento culpable ante ellos por haber interpretado durante tanto tiempo a esa especie de clon de Lady Tremaine, con alopecia androgénica incluida. No, no estoy tan pirado como pueda parecer. Tampoco tengo problemas emocionales, intelectuales o espirituales, ni me hago pipí en la cama, a menos que esté en plena sesión de lluvia dorada con alguna profesional especializada en urolagnia undinista. La verdad es que cuando garrapateo mis intrascendentes experiencias -verídicas o manufacturadas- sobre una hoja de papel o una página de Word, no pretendo llegar a ninguna clase de público. Por lo menos público con apariencia humana. Escribo porque se me da muy mal cantar. Si mi voz fuera tan especial como la de Scott Walker y cantara igual que él, os aseguro que escribiría mi tía. Bueno, la verdad es que tengo una tía que ya ha publicado siete libros (cinco de cocina, uno con consejos para que no aparezcan granitos en las nalgas y otro sobre dimensión fractal y algoritmos recursivos).

Hay un número cada vez más abundante de pseudolectores subhumanos que me escriben correos electrónicos diciéndome que les doy miedo. ¡Es natural! No han leído más que tres o cuatro libros en su vida, entre ellos, "Mi primera cartilla", "El caudillo y la patria" o "Recitaciones escolares", y de repente, entran en un blog con un título tan extraño e intentan descifrar e interpretar algo que no está al alcance de sus seseras y que en un 95% es pura ficción. Por esa razón se sienten frustrados y lo pagan conmigo. La cuestión no es tanto que crean o no que soy una copia casi exacta de Gilles de Rais, ni mucho menos. Lo que verdaderamente me saca de quicio es que todavía pululen con libertad por nuestras calles, críen a sus hijos de la misma manera que fueron criados por sus progenitores y, en definitiva, que no emigren a Pakistán, se unan a los talibanes, se agencien algunos rifles de francotirador Dragunov y se pongan a disparar en todas direcciones.

Pero tampoco quiero ser tachado de cínico y sarcástico. Apelo a esos cenutrios, rucios y jumentos, para que, antes de emigrar a Oriente Medio (o Asia del Sur) a cantar canciones sobre el martirio intelectual, intenten entrar en una biblioteca y leer un poco. Solo un poco. Si lo hacen, un nuevo mundo se abrirá ante sus ojos y sus casi inexistentes cerebros se sentirán henchidos de felicidad y gozo. Está claro que al principio deberán conformarse con lecturas tipo "El niño que pellizcaba al sol", "La casa de Tomasa" o "Ellie y el dinosaurio volador", pero con tesón y un uso indiscriminado del tiempo puede que lleguen a comprender textos algo más complejos.

Ahora voy a apretar con fuerza el cilicio sobre el muslo derecho. Luego repetiré todo el proceso con el muslo izquierdo. Cuando termine con la mortificación, me prepararé un muslo de pollo asado a la cazuela, quizá con una guarnición de tomate y cuscús o limón y nueces. Por mi parte este texto está finiquitado. Concluido, rematado.

sábado, 14 de octubre de 2017

Email del 14 de octubre 2017


Walter Battiss. Nose man (1968)

Estoy sentado en la terraza de una cafetería saboreando un té verde. Me gustaría tomármelo tumbado pero la camarera prefiere que me siente para no molestar al resto de clientes. También me gustaría que el té fuera de color rosado tipo Shocking pink crayola, pero la dueña del establecimiento me mira con fuego en los ojos cada vez que se lo pido con esas características. En la mesa contigua a la mía hay una pareja de unos treinta y pico años cogidos de la mano. Podrían cogerse de los pies pero necesitan seguir las normas, como el resto de habitantes del planeta. Solo con mirarlos sé que no están enamorados, que él se cambia de ropa interior cada ocho días y que tiene una amante con una cara similar a la que tenía Teodoro Eustaquio del Palatinado-Sulzbach el tercer día de su velatorio. Es increíble lo que puedo deducir mirando a alguien directamente a la nariz. Pero no a cualquier parte de ella. Para obtener resultados concluyentes es mejor dirigir la mirada a los orificios nasales, aunque eso implica posicionarse en ángulos concretos, sumamente sospechosos, y que suelen acarrear bastantes problemas. De ahí que prefiera tomar mis consumiciones tendido en el suelo.

Desde el suelo las cosas no se ven de la misma forma. Ni siquiera yo soy el mismo. Cuando me tumbo sobre el gres, el asfalto o la tierra, un millón de sensaciones recorren cada milímetro de mi columna vertebral. Y algunas manchas también. Las sensaciones me permiten dibujar un mapa desconocido de lo que somos, porque no hay otro remedio. O de lo que fuimos cuando nos dejaron tranquilos por unos instantes. O lo que seremos cuando todos cerremos el puto pico durante un par de minutos. Las manchas. Las manchas las elimino con Norit, el detergente del borreguito, que además de dejar mis pantalones y mis camisetas tan limpias como el culito de un bebé de clase alta, mantiene los colores vivos y brillantes.

Creo que voy a pagar la cuenta y a largarme de este antro. El tipo que se acaba de sentar a mi lado me da mala espina. Su nariz me dice que es un asesino en serie y que disfruta troceando a la gente. Pero no trocea en porciones medianas o grandes, no, le gustan los pedazos pequeños, de unos 2 centímetros cuadrados como mucho. Es lo que algunos psicólogos criminales llaman un descuartizador miniaturítico o reductivo. Ademas no para de sacarme la lengua y mojar los labios con ella. Sus labios, por supuesto. Si hubiera mojado mis labios, entonces, la cosa se habría puesto muy muy fea. Nunca he comprendido a la gente que asesina y descuartiza. Claro que tampoco comprendo para que sirven los tetraneutrones y por qué se denomina "Carrandanga" a cualquier montón de cosas.

Una vez se me apareció un alcalde. ¿Qué pasa? Hay infinidad de gente a la que se le ha aparecido Dios, su hijo Jesús, la Virgen en alguna de sus múltiples configuraciones o cualquier Santo o fulano canonizado por la Iglesia. A mí se me apareció un alcalde que llevaba muerto 258 años. Al principio la energía que desprendía hizo que se me aflojase el pantalón y los calzoncillos, pero al cabo de un par de ratos la luz azul brillante disminuyó y el espectro del regidor me miro a la cara y con aire bastante insolente me hizo un corte de mangas y desapareció.