viernes, 20 de abril de 2018

Email del 20 de abril 2018

Philip Guston. Daydreams (1970)

Hola:

El acontecimiento más importante que me ha sucedido desde que comenzó este año ha sido la rotura de la aceitera. No estoy de broma. Era una aceitera de cristal trasparente con un diseño muy práctico, que hacía que mi ejercicio habitual de embadurnar de aceite las tostadas o la ensalada fuera algo más que otra simple rutina en la alimentación diaria obligatoria. Desde que ese accidente impuso un poco de innovación en mi vida ya no embadurno las tostadas o la ensalada con aceite, sino con recuerdos. Recuerdos de lo que podría ser y de lo que indudablemente es. Hoy. Aquí. Ahora. Me duelen las articulaciones y el Voltaren está caducado. Necesito unos pocos miligramos de diclofenaco o volveré a ver las estrellas explosionando. Hoy. Aquí. Ahora. Mi vecina, la que una vez me dijo que tenía un cuello maravilloso que invitaba a mordisquearlo con lujuria, intenta evitar por todos los medios coincidir conmigo en la escalera. Quizá fue porque un día que iba borracho le dije que me gustaba mucho su pene. Hoy. Aquí. Ahora. Incluso mi perro, Otto, prefiere no cruzarse en mi camino. Creo que barrunta tempestades emocionales y sabe que eso, de una manera u otra, repercutirá sobre él y sus caninas circunstancias. Hoy. Aquí. Ahora. Estoy a punto de estar a punto para estar a punto. Y aunque nunca he estado demasiado a punto, sé que el mero hecho de estar a punto puede ser el inicio de un cambio terrible. Pero si de repente se me dibuja un rictus analítico sobre mi rostro opaco y grisáceo, será que puedo llegar a comprender que ese cambio, en realidad, ya se ha producido, pues no tengo perro, mi vecina tiene 94 años y tengo fobia a los miembros ajenos. ¿Crees que debería ponerme en manos de un psicólogo o de una prostituta? El psicólogo suele producir mejores resultados pero la prostituta practica el beso negro. Claro que podría buscar una psicóloga que practicara el beso negro y mataría dos pájaros de un mismo tiro, si es que me permites tan vulgar expresión y tal grado de machismo. O podría echarle huevos a mi vida y reescribir el maldito guión. Partir desde el mismo argumento y llegar a un desenlace un poco más arriesgado. No me importa que la chica al final no se escape conmigo hacia la línea del horizonte o más allá. O que el malo sea interiormente más sensato e interesante que el protagonista. Lo único que quiero es... ¿Qué es lo que quiero? Tendría que pensarlo. Y después procesarlo. 

Hace 56 años un lamento se escapó por una ventana. Mientras intentaba llegar a alguna parte se tropezó contra un muro de ladrillos gastados y el trompazo fue de campeonato. Cuando el lamento volvió en sí, se deslizó con sigilo por una cañería oxidada y llegó hasta un saliente que no sobresalía demasiado. Desde allí oteó el horizonte y lo que vio le dejó helado. A unos pocos metros de distancia se alzaba la misma ventana de la que quiso escapar solo unos momentos antes. Encolerizado, se revolvió y pegó un salto excepcional que lo devolvió directamente a la garganta de donde había salido. Esa garganta era la de un niñito que acababa de nacer. Supongo que pensarás que ese bebé era yo, pero te equivocas, aunque por una de esas casualidades de la vida sus padres le pusieron de nombre Gregorio, como a mí. Cuando Gregorio creció se hizo bastante famoso, pues fue el primer hombre que intentó comprender de qué va todo este rollo. ¡Y nunca lo consiguió! Por supuesto, con "todo este rollo" se refería a la jodida existencia. Nacemos, vivimos y morimos. Y entre medias de esa magnífica trinidad del absurdo, debemos convencernos a nosotros mismos de que todo lo que nos rodea es maravilloso y de que vivimos en el mejor mundo posible. 

Mientras te escribo estas líneas estoy oteando por la ventana. Desde esta posición puedo ver bastantes ventanas. Es posible que de alguna de esas ventanas escape en cualquier instante otro lamento. Y hasta es posible que ese otro lamento tenga más suerte que el lamento protagonista del segundo párrafo. ¡Me gustaría tanto que alguien me regalara otra aceitera! Pero no me hago ilusiones. La gente solo me regala calzoncillos. Hace años tuve el desatino de escribir que los calzoncillos eran muy caros y que había llegado a un punto en que debía elegir entre comer o llevar ropa interior. Desde entonces, todos me regalan gayumbos y boxers. Creo que podría montar una calzoncillería-boxería. Pero me estoy distanciando del tema principal de esta disertación que no es otro que mi absoluto desarraigo afectivo de todo lo que camine con dos piernas (o con dos brazos si hace el pino). Hoy. Aquí. Ahora. El viento me acaricia suavemente la calva, pero trae consigo un olorcillo a desagüe arrabalero que va a acabar por hacerme vomitar. Hoy. Aquí. Ahora. Los niños juegan en la calle y los ruidos que hacen me molestan. Intento concentrarme para que se materialice ante mí Herodes, pero solo consigo que una de mis orejas se desintegre. Hoy. Aquí. Ahora. El tiempo y el espacio se pelean por entrar al aseo y en mitad del rifirrafe uno acuchilla al otro en repetidas ocasiones. Hoy. Aquí. Ahora. 

jueves, 19 de abril de 2018

Email del 19 de abril 2018

René Margritte. The human condition (1933)

Se llamaba Roberto y su rostro me recordaba al que pone una pintarroja colilarga cuando un buceador le aprieta con fuerza el clásper con la mano izquierda. Robertitototo, que es como yo le llamaba, era esa clase de persona capaz de confundir el ácido propanoico con el glicol de etileno. Pero no quiero despotricar sobre él ya que hace años que abandonó este mundo y no puede defenderse, por lo que me dedicaré a desbarrar sobre ese tipejo amochado, androminante y algolágnico activo sádico llamado Gregorio López, o sea, yo. Podría comenzar intentando convencer a los posibles lectores de este textito sobre las pocas afinidades que guardo con lo que esos tipos que han estudiado más de cinco años llaman ser humano. De hecho, estoy convencido de que guardo más semejanzas y equivalencias desoxirribonucleicas con la especie Pthirus pubis que con el maldito Homo sapiens. ¡Joder! Ya son las cinco y pico de la tarde. Tengo que salir pitando, pues tengo una reunión muy importante con algunos humanistas antropocéntricos a los que intento convencer desde hace dos meses para que se suiciden o para que se compren unas coquillas y se las coloquen, lo que buenamente prefieran. Supongo que tendré que dejar este auto-desvarío para otro día, o mejor para otro siglo.

Greg "Belle de nuit" López

miércoles, 18 de abril de 2018

Email del 18 de abril 2018

Pavel Filonov. People (1930)

Amiga:

Escondido en la oscuridad, como un órgano planctónico, contemplo a todos los que se sienten especiales por el mero hecho de ser hijos de tipos y tipas que se sentían especiales por proceder de unos padres que, en alguna ocasión, decidieron ser especiales para distinguirse del resto de tipos y tipas que querían seguir siendo lo que eran, es decir, tipos y tipas que intentaban tragar toda la mierda sin hacerse notar y distanciándose por encima de todo de esos tipos y tipas que se creían tan especiales. A veces asomo la cabeza por un agujero donde crece la luz y contemplo la representación de esos tipos y tipas que se creen tan especiales. Nunca aplaudo porque soy consciente de que esos tipos y tipas que se creen tan especiales necesitan los vítores y aplausos de los que tragamos toda la mierda sin hacernos notar, para seguir tratando de sentirse tipos y tipas tan especiales. La pregunta es, ¿hasta cuándo voy a permitir que esos tipos y tipas que se creen muy especiales sigan creyendo que son tipos y tipas tan especiales? ¡Me gustaría tanto verlos estallar! Y contemplar cómo cada uno de esos jirones de carne muy especial se estrella contra las paredes de sus palacios tan especiales. Y cómo sus mascotas especiales devoran las mejores partes de sus anatomías tan especiales esparcidas por la totalidad de cubículos muy especiales. ¡Todo parece especial cuando se es un cobarde! Incluso las motas de polvo y los finos hilos que vuelan transportados por el viento. El viento no es tan especial. Las nubes no son muy especiales. El día, la noche. Las horas y los minutos. Las huellas. Las huellas delatoras que permiten conocer la procedencia y el destino. Los destellos. Los reflujos. El retroceso. La cesión. El ascenso. Las visiones. La inopia y las malditas promesas. Las circunstancias. ¡El ylem!

Los dedos de mis manos ya no son capaces de dibujar posturas. Ahora las posturas las concibo con los pensamientos. Y no todos son buenos o se originan mediante racimos de positividad o  complacencia. Algunos fueron forjados en lo más hondo de la puta y jodida miseria. Y el infortunio los vistió con harapos, piltrafas y jirones. ¡Oh, Ziusudra, salvaste a la especie equivocada! Los dados dodecaédricos ya no me dan una respuesta que pueda acabar con el resto de respuestas. Miro mi reflejo sobre la sangre en el suelo y comprendo que todo lo que vemos sigue un curso establecido. Y mientras intento tragar un poco de saliva, esa trayectoria constituida trata de legitimar el destino de esos tipos y tipas que se sienten tan especiales por el mero hecho de ser hijos de tipos y tipas que se sentían muy especiales por proceder de unos padres que, en alguna ocasión decidieron ser demasiado especiales para distinguirse del resto de tipos y tipas que prefieren seguir tragando la mierda -propia y ajena- sin hacerse notar y distanciándose por encima de todo de esos tipos y tipas que se creen especiales, aunque no son especiales. La mierda sí que es especial. Tan especial. Y los que se la comen también son muy especiales. Personalmente trato de masticarla lentamente, como si de alguna manera supiese que es la última mierda que voy a poder tragar antes de la total oscuridad. La verdadera, no la que hace que me sienta como un órgano planctónico, contemplando a todos los que se sienten especiales por el mero hecho de ser hijos de tipos y tipas que se sentían especiales por proceder de unos padres que, en alguna ocasión, decidieron ser especiales para distinguirse del resto de tipos y tipas que querían seguir siendo lo que eran, es decir, tipos y tipas que intentaban tragar toda la mierda sin hacerse notar y distanciándose por encima de todo de esos tipos y tipas que se creían tan especiales.

G

lunes, 16 de abril de 2018

Email del 16 de abril 2018

Marc Chagall. God creates man (1931)

Hola:

¿Para qué sirve el tipo ese de la barba blanca? Y no me refiero a Gandalf, sino a la representación gráfica de ese perfecto icono exquisitamente manufacturado, esa "cosa" llamada Dios. ¿Para aliviar la ansiedad? ¿La ansiedad que produce conocer que somos unos jodidos mortales? ¿Y además de feos y envidiosos, con el corazón desportillado? Me gustaría tanto salir a la calle y vocear lo que siento. Pero no me dejarían gritar lo que pienso de cada uno, incluido de mí mismo. En un cajón de la cómoda guardo otro cajón que un día perteneció a otra cómoda mucho más pequeña de lo normal, pues perteneció a un tipo que, aunque no era un enano, medía poco más de 156 centímetros. Me lo regaló él mismo, el día que se lanzó desde el borde del muro exterior de su terraza orientada al este. Dicen los que recogieron algunas de sus partes desmembradas por la caída y diseminadas en un perímetro de varias decenas de metros, que su sangre era tan roja como la nuestra. Y según la portera del edificio situado enfrente y que lamió esa sangre, su sabor potente y franco de alta densidad le recordaba a la fruta fresca y madura (sobre todo a arañones y grosellas) con una pizca de vainilla, menta y laurel. Su cajón es de madera de arce con el fondo de pino. Sus medidas diminutas no podrían guardar ni siquiera cinco calzoncillos de marca míos. Por esa razón lo guardo hasta que algún día encuentre a un gnomo y le convenza para que me venda uno de sus cajones. Entonces, cuando eso suceda, meteré ese casi microscópico cajón dentro del diminuto cajón que hasta ahora permanece dentro de mi cajón. ¡Mi cajón! ¿Mi cajón? Mi cajón de tamaño estándar. Mi cajón capaz de almacenar hasta 30 calzoncillos o 60 bragas. O 12 toallas de mano o dos juegos de sábanas y un cubre de aspecto hippi con lunas aplatanadas bordadas con hilo negro de poliéster. Y si alguna vez soy capaz de distinguir entre colcha, edredón o funda nórdica, puede que sienta que la existencia no es tan mierdosa como aparentaba. Y que al final, cada una de las cosas encontrará a cada uno de los cosos y se casarán y serán felices. Por lo menos todo lo felices que una cosa y un coso pueden llegar a ser. ¿Dios era una cosa, no? ¿O un coso? Según la primera línea de este texto, era una "cosa" exquisitamente manufacturada, pero no me enfadaría con nadie que intentara convencerme de que en realidad era un coso. De la misma manera que no discutiría con nadie que tuviera un grano en la punta de la nariz. Puede que me quedara fascinado contemplándolo, pero jamás me atrevería a reírme delante de la cara que lo mantiene. Mantener algo es como amplificar al azar ADN polimórfico. Sirve para algo, siempre que uno sepa para qué sirve ese algo. ¡Algo! ¿Algo? Una vez un algo perdido se metió en mi bolsillo. Todavía debe seguir allí. Desconozco dónde estará ese bolsillo. Supongo que en el armario donde guardo el cajón de tamaño estándar que contiene al cajón diminuto que a su vez protege al cajón casi microscópico. Y ahora voy a despedirme de ti. Necesito seguir sufriendo.

G

viernes, 13 de abril de 2018

Email del 13 de abril 2018

Vincent van Gogh. Man, standing, reading a book (1882)

Querida:

Ni los García, ni los Martínez, ni los Gómez, los Sánchez, los González o los Muñoz dieron su voto afirmativo. Los Romero, los Vázquez y los Flores se abstuvieron amablemente, mientras que los Pineda, los Delgado, los Casas y los Méndez ni siquiera se molestaron en acudir. ¿Acudir? ¿A dónde? No tengo ni la más ligera idea. Lo único que sé es lo que he escrito con anterioridad. Que nadie me pregunte el lugar, la hora o el motivo. No me invento nada. La gente puede sacar sus propias conclusiones. Me importa poco cualquier conjetura, sea real, ficticia, absurda o manufacturada. A decir verdad, me importa una mierda cualquier cosa, solo estoy demostrando que soy capaz de escribir usando frases cortas. Ya estoy harto de que me llamen médicos cabreados echándome en cara que la gente necesita respirar. Todo empezó tras la publicación de mi libro Él, o sea, yo, que con 2.893 páginas constaba únicamente de 23 frases bastante largas, unos cuantos millones de comas, 238 puntos y comas y 96 paréntesis. Según los datos que amablemente me proporciona la editorial, hasta el momento se han recibido 92.082 denuncias de lectores con problemas respiratorios y 37 denuncias por picores epidérmicos con acompañamiento de petequias. Sin embargo, la SEORL cita en su último informe algunas cifras que contradicen las publicadas por mi editorial, que a su vez están en discordancia con las que maneja el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. Como verás, es un inmenso lío. Pero más si hemos de dar por buenas las cifras de ejemplares vendidos. Mi editorial se ratifica en que hasta el 18 de diciembre del pasado año se vendieron 26 ejemplares, sin embargo según Nielsen BookScan se vendieron 27. Mi pregunta es: si he vendido 26 libros, ¿cómo es que me denuncian 92.000 lectores? Algo me huele mal. Desde la crisis salina del Mesiniense, nunca había tenido que lidiar con una descompensación tan desequilibrada de números. Y aunque soy un tipo verdaderamente raro, no soy tan esquizofrénico como Sméagol (AKA Gollum). Necesito que alguien me cuente la verdad. O por lo menos una verdad a medias. O una mentirijilla benigna. O que nadie me cuente nada pero que con la mirada me lo cuente todo. O que con la mirada me cuente algo, un poco, lo que sea. Lo que buenamente pueda. O que con la mirada no me cuente nada más que patrañas. O que me deslice un papelito por debajo de la puerta contándo sus mentiras más exquisitas. O sus verdades desquiciadas, absurdas e inconfesables. ¿No te das cuenta? Necesito volver a confiar en los cerdos.

G

domingo, 8 de abril de 2018

Email del 8 de abril 2018

Mark Tobey. Patterns of conflict (XX cent.)


Querida (y odiada al mismo tiempo) amiga:

El conflicto es el principio fundamental en el que se basan nuestras existencias. Sin él cada uno de nuestros días y nuestras noches resulta vacío, lúgubre y predecible. Por supuesto, cuando hago mención a dicho vocablo, estoy refiriéndome a su acepción psicológica, es decir, a las inclinaciones más o menos paranoicas y, sobre todo, discordantes e incoherentes, que generan ansiedad, incertidumbre, tristeza o aflicción. El conflicto se produce cuando existe una necesidad utópica de ocultar la absoluta -aunque desconcertante- perfección de la fatalidad. Conozco a un numeroso grupo de gente que admite sin tapujos que sus vidas son un enorme y grasiento (esto último lo añado yo) colmado de felicidad, amor y empatía, lo cual, si es que he de tratar por todos los medios de creerlos, los transforma en unos absolutos perturbados, mentirosos y manipuladores, carentes de escrúpulos y con tendencias maníacas obsesivas inevitables. Y además, feos.

Hace bastantes años uno de esos resbaladizos desequilibrados (y además, feos) se atrevió a escupirme a la cara que yo era un ser maravillosamente sensato (y además guapo) y que se notaba a la legua que aunque me disfrazaba de tipo duro y matón arrabalero no era más que una buena persona dolida con los acontecimientos del pasado. Nada más escuchar sus memeces me despedí de él con un ruido áspero, me dirigí con paso acelerado a mi cubículo de los sortilegios y me concentré con fuerza en producirle una buena colitis pseudomembranosa.  Pero durante la parte más importante del encantamiento me vino a la cabeza la visión fugaz de un clítoris femenino relativamente joven y el hechizo salió disparado por la ventana y aterrizó sobre el bisoñé de mi vecino ocasionándole un agujero de dos centímetros cuadrados. Cuando este se dirigió a mí con cara de pocos amigos y moviendo de un lado a otro la peluca agujereada con las manos, yo me transformé en aire, o quizá en brisa o céfiro, no lo recuerdo bien en estos instantes, y desaparecí de la majestuosa forma en que lo hacen los grandes e ínclitos cobardes.

Existen diferentes tipos básicos o esenciales de conflictos. Según Matias Lucero Santos, experto en hostilidades, disentimientos, desavenencias y contrariedades, los conflictos pueden dividirse en 429 categorías, de las cuales 428 no están aprobadas por la FPA (¿federación de patinaje artístico?) y el resto está pendiente de compulsamiento y convalidación. Se supone que en un plazo máximo de tres siglos, 237 deberían estar totalmente confirmadas o, por lo menos, en lista para una posible revalidación y 24 completamente desnudas y expuestas a la lujuria de los especialistas en la materia.

Llegados a este punto me gustaría hacerme unas cuantas preguntas:
1-¿Cuál es la condición condicionante que me condiciona normalmente?
2-¿Existe la normalidad anormal? Y si es así, ¿por qué no se normaliza de una manera más o menos normal e incondicional?

Supongo que con un poco de esfuerzo podría ser capaz de responderlas, por lo menos a la segunda, la que cuestiona la anormalidad normal y la normalización ínfimamente condicional. Claro que si fuera capaz de responder también a la primera, es decir, la que intenta descifrar los condicionantes de las condiciones ordinarias, mi vida estaría totalmente realizada y sería capaz de morir sin sentir que todo lo que somos, conocemos o parecemos no es más que un vacío repleto de otros vacíos más pequeñajos, realmente vacíos e incontrolados, o vaciados a la fuerza o por una fuerza exterior dotada de libre albedrío. Y es que:

No me quiero enterar, ye ye
que me quiero de verdad, ye, ye, ye, ye
y jamás vendré a pedirme de rodillas
un poquito de amor.
Pero no me lo daré, ye, ye
porque no me quiero ver, ye, ye, ye, ye
porque no me hago ni puto caso,
ni me apiado, de mi pobre corazón, ye ,ye ,ye, ye

martes, 3 de abril de 2018

Email del 3 de abril 2018

Theophile Steinlen. Jumping rope (XIX-XX cent.)

Amiga:

Ya no me encuentro en el otro sentido, pues hace apenas unos minutos di media vuelta. Fue en forma de saltito grácil. Me refiero al cambio de trayectoria. Por esa razón en estos instantes voy en la dirección correcta, pero, ¿existe un sentido apropiado o incluso perfecto? La respuesta es sí. Cualquier orientación que me aleje de lo que me rodeaba antes. Y no es que las personas o las cosas que convivían conmigo, cerca de mí o a mi alrededor fueran fútiles o estuvieran huecas, sino que me había cansado de sus presencias, de sus olores y de lo poco que aportaban a mi vida. Miraba sus caras o sus lados y los bostezos se apretujaban en mi boca. Llegó un momento en que cada vez que tocaba un pedazo de carne o un objeto inanimado me salían una o varias ronchitas con muy mala pinta en el cerebro. Y no sabes lo difícil que puede llegar a ser rascarse o ponerse pomadas tópicas dentro del cráneo. Por eso ejecuté ese magnífico saltito que cambió la trayectoria para siempre. Bueno, por lo menos hasta el siguiente salto. ¡Es tan fácil saltar! Tan sencillo como cambiar el aquí y ahora. Tanto que puede llegar a resultar enormemente difícil. Supón que por alguna razón falla el saltito y en lugar de cambiar el sentido 180 grados solo lo alteras 90. Entonces, aunque la trayectoria es claramente diferente a la inicial, el destino continúa estando peligrosamente cercano al único que conoces y que hasta hace breves instantes te oprimía. Es decir, aunque en cierto modo te opongas a mirar, siempre verás por el rabillo del ojo todo lo que sucede en el lugar donde habitaste hasta el momento del fallido saltito. No sé si me explico. Lo que trato de exponer de una manera tan apresurada e ilógicamente ergotista es que antes de intentar cualquier salto hay que prepararse concienzudamente por medio de la meditación, el ejercicio físico y una correcta alimentación. Saltar 180 grados con un solo movimiento no es nada sencillo. A mí me costó cerca de dos décadas repletas de errores, falsos comienzos, autosobornos deleznables e irregularidades manifiestas.

A menudo pienso en la dirección inicial. Y eso que el "a menudo" solo implica unos cuantos minutos, quizá 15 o 16. Pero puedo afirmar que en estos 15 o 16 minutos de cambio me siento totalmente realizado y con unas probabilidades de futuro con las que no podía ni siquiera soñar hace 17 o 18 minutos. ¡Cómo puede cambiar la percepción existencial cuando sabes que esa apreciación ha sido moldeada por medio del esfuerzo y el sacrificio! Me siento tan fuerte y con tanto ánimo que incluso soy capaz de pensar en un futuro saltito de 360 grados aunque eso implique volver al estado donde me encontraba hace 17 o 18 minutos. Siempre puedo volver a saltar otros 180 grados y retomar la percepción existencial de la que dispongo desde hace 15 o 16 minutos. Pero entonces, ¿para qué quiero preparar un posible y futuro saltito de 360 grados? Es una imbecilidad. ¿Y si organizara un salto de 720 grados? Supongo que acabarían encerrándome en un manicomio. Claro que podría intentar un saltito de 180 grados encaramado sobre un taburete. Eso sería circo. Auténtico circo. Todo el mundo hablaría de mí y yo hablaría de todo el mundo. Lamentablemente nunca he sido un amante de los encaramamientos. Me parecen recursos facilones, incluso si lo que se desea es encaramar el trasero para proporcionar un merecido descanso al cuerpo. Encaramar implica capitulación. Capitulación implica cesión. Cesión implica renuncia. Renuncia implica ausencia total o parcial de cualquier atisbo o ganas de hacer algo. Y algo no es más que un jodido pronombre indefinido, aunque también se presenta en forma de adverbio cuantificador cuando menos se lo espera uno.

Pero, ¿y si en lugar de saltar, brinco? Brincar es saltar de una manera más ligera. ¡Creo que estoy enfermando! Para qué quiero brincar si el salto que efectué hace unos 20 minutos aproximadamente fue un completo éxito? Quizá podría brincar un par de grados a lo sumo para no alterar demasiado mi maravillosa y nuevecita percepción existencial, pero no serviría para apaciguar mi ego. Y si por el contrario brinco un mínimo de 45 grados, no sólo me alejo de mi maravillosa y nuevecita percepción existencial, sino que puedo acabar mareado y vomitando sobre el suelo de parquet multicapa de madera genuina de tanto brincar y saltar. ¿Por qué me complico tanto? Puedo brincar en un futuro cercano y saltar en un futuro lejano. Y si me sobra algo de tiempo entre ambos futuros, puedo viajar al pasado por medio de un nuevo salto rápido de 360 grados y saludar a las personas y cosas que me oprimían antes del saltito que cambió el sentido de mi vida, instauró mi maravillosa y nuevecita percepción existencial y me sumió en un continuo y brutal dolor de cabeza que ya dura 22 minutos.

Greg

PD:
¿Lavas la ropa interior con agua fría? Si la respuesta es afirmativa suma 1 punto al total inicial que es de 0. De esa forma tendrás un punto positivo al que podrás sumar o restar los siguientes:
-2 puntos negativos si no lavas la ropa interior jamás.
-1 punto positivo si no lavas la ropa interior ni con agua caliente ni con fría ya que no usas ropa interior.
-2 puntos negativos si lavas la ropa interior en una jofaina.
-1 punto positivo si lavas la ropa interior en dos jofainas. Una para enjabonar y otra para aclarar.
-4 puntos positivos si lavas la ropa interior con Panty-ker.
-3 puntos negativos si lavas la ropa interior a mano pero completamente borracha.
-2 puntos positivos si lavas la ropa interior a mano mientras ves Pasa palabra.